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Blanca García: ''La mejor medicina que uno puede tener es el cariño''

por Matronas Ubeda Última modificación 26/10/2012 19:12 El progreso. ANA RODIL
Con 18 años escritos al revés, como dice ella, Blanca García García se considera una mujer afortunada por la vida que le tocó vivir. Matrona de profesión, desarrolló su trabajo en Sada y Monforte, donde su labor fue reconocida el Día Internacional de la Mujer. Nació en Palas de Rei en el año 1929 en el seno de una familia muy numerosa. A pesar de que su padres eran gente humilde y de los tiempos que corrían, siempre la animaron a estudiar y Blanca se desplazó primero a Lugo para hacer Bachillerato y después a Madrid donde entró en la Escuela Oficial de Matronas.
Blanca García: ''La mejor medicina que uno puede tener es el cariño''

Blanca Garcia con sus "18 años"

Entrevista publicada en el diario el Progreso>>

12/03/2010 - Ana Rodil / El Progreso (Ribeira Sacra)

PREGUNTA: Creo que se considera una mujer afortunada por la vida que le tocó vivir.
RESPUESTA: Me considero una privilegiada. Primero porque nací en una familia de ocho hermanos que nos queremos mucho y donde nunca hubo dinero pero no faltó la alegría. Además, mis padres siempre fueron gente muy avanzada y mi padre quiso darnos a todos los hijos la oportunidad de estudiar. Él creía que eran las mujeres las que más debían esforzarse en estudiar, porque decía que a los hombre siempre les quedaban otros trabajos más físicos pero que nosotras debíamos estudiar.

P: Y decidió hacerse matrona.
R: Más o menos. Yo creo que me influyó que mis padres siempre habían acogido en casa a mujeres embarazadas que tenían problemas en su hogar. Después un tío mío me explicó que en Madrid tenía la oportunidad de convertirme en matrona así que no me lo pensé y me fui a la capital. Cuando terminé los tres años de formación me quedé un año trabajando allí, pero la morriña pudo conmigo y me vine a Galicia en cuanto pude. Primero conseguí una plaza de Asistencia Pública Domiciliaria (APD) en Sada y luego me vine a Monforte donde combiné el trabajo en un Centro Maternal que había en la ciudad con el de APD. Era como la matrona de la zona y me desplazaba a los domicilios para llevar los partos.

P: Eran tiempos muy diferentes.
R: Y tanto. Era una época marcada por las postguerra en la que predominaba la escasez de casi todo. Había que ir por caminos de tierra para llegar a las casas, unas veces en moto y otras a pie, alumbrando con antorchas de paja. En las viviendas sólo había luz de candil y las mujeres querían parir encima de la artesa porque tenían la cama limpia para después y probablemente no tenían otras sábanas. En un día podías atender treinta partos y había que ir a todos los pueblos de Monforte, a Quiroga e incluso a O Courel.

P: ¿Era habitual encontrarse a una matrona tan joven?
R: Para nada, eso incluso me causó algún contratiempo. Creo que la gente cuando pensaba en las matronas se imaginaba a una mujer mayor, gorda y con un moño. Recuerdo que una vez en Sada llegó un hombre preguntando por la matrona Blanca García y cuando salí yo no se lo creía. Pensó que le tomaba el pelo y que la matrona tenía que ser mi madre. Tuve que enseñarle mi documentación para que me creyese.

P: ¿Llegó a pasar miedo?
R: Algunas veces. Al principio cuando podía llamaba a un taxi. Pero después, me animé a comprar un coche. Un día se estropeó cuando volvía de Seonae y estuve allí cerca de una hora esperando a que pasase alguien. Vino un camionero y la arregló pero me recomendó que una señorita tan joven no debía andar sola por la noche. Cuando le expliqué que era matrona y venía de atender un parto mi pidió mil disculpas. Creo que al principio pensó que me dedicaba a otros menesteres. Al final, hasta fue gracioso.

P: ¿Cómo era un parto?
R: Por un lado, había el problema de los medios. En alguna casa no podías pedir dos toallas porque no las había. Además, no existían las ecografías y todo se hacía a través del tacto.

P: Había que convivir con las costumbres y las creencias.
R: Eso era el caballo de batalla del día a día. Había zonas en las que a las embarazas les ponían un ungüento de aceite, porque creían que así dilataban antes y después, cuando llegaba la matrona, aquello no había por donde cogerlo. Otros cocían una serpiente y le daban a la embarazada a beber el agua para que no tuviera dolores de vientre. Había mucha miseria y muy poca cultura y eso a veces dificultaba las cosas e incluso era un riesgo porque a los niños también se le hacían muchas diabluras.

P: ¿Por ejemplo?
R: Pues, desde las madres que colgaban el resto del ombligo en la chaqueta para que al niño no le tocase hacer la mili fuera de España a los que les daban a chupar una peseta untada en chocolate para que fuesen más inteligentes o les apretaban el pecho para sacarles la leche de brujas y les causaban un infección que había que mandarlos al hospital.

P: También habría momentos buenos.
R: Muchos, la mayoría. Y momentos graciosos. Una vez estaba en Rubián y salgo con el niño al pasillo y me dice el hombre que estaba allí: ¡Qué niño más guapo!. Y yo le dije: Es muy guapo, es clavado a usted. Y me contesta: no lo diga muy alto que yo soy un buen amigo de la familia. ¡Me quedé de piedra!

P: Blanca García fue una de las primeras mujeres de Galicia en dar clases de preparación al parto.
R: Eso dicen. Creo que esos cursos y la educación maternal cambiaron las cosas y prepararon a la mujer para algo que hasta ese momento veía incluso como terrorífico. Cuando una quedaba embarazada no faltaba quien le dijera de eso a la muerte había un paso. Está claro que un parto es algo complicado que implica un sufrimiento, pero si la mujer conoce su cuerpo, si sabe a lo que se enfrenta y sabe cómo comportarse, la cosa es muy distinta y mucho más llevadera. Con los cursos conseguimos normalizar los partos y educar a la mujer para vivir uno de los momentos más importantes de su vida.

P: ¿Qué opina de los nuevos métodos para el parto?
R: Yo siempre apoyé la tecnología pero tampoco me gusta presionar a la mujer. La embarazada tiene que ponerse en la postura que más cómoda le sea, tomarse una infusión si le apetece, levantarse. Hay que pasarlo lo mejor posible y cuando llega el momento más crítico saber un poco a lo que una se enfrenta. En mis 49 años de trabajo ayudé a nacer a unos 3.000 niños y siempre digo que la mejor medicina y el mejor instrumental es un gesto de cariño. Los médicos dicen que no tienen tiempo para eso, pero siempre hay hueco.

P: Blanca García García asistió los partos de cientos de mujeres ¿Cómo fueron los suyos?
R: Me asistió una compañera y todo salió muy bien, en parte porque yo sabía a lo que me enfrentaba y cómo tenía que actuar.

P: ¿Y los de sus hijas?
R: Mis nietas nacieron en el hospital. Yo atendí a mis hijas en casa e intenté que fuesen al hospital cuando era la hora, no antes, para que estuviesen lo más tranquilas posibles.

P: Hace unos días Monforte le rindió un homenaje con motivo del Día Internacional de la Mujer Trabajadora.
R: Fue algo muy emotivo. La verdad es que los premios o los homenajes siempre son bien recibidos y más cuando una tiene 18 años escritos al revés. Me acompañaron mis nietas y me encontré con muchas de mis pacientes. Fue muy alegre pero a la vez muy emotivo.

P: Es el premio a su trayectoria.
R: Es cierto que trabajé muchísimo e hicimos muchas cosas. Me hace gracia que hace poco salió en la prensa que las mujeres podrán hacerse una citología en los ambulatorios para aligerar la espera. Eso ya lo hicimos en Monforte Ana Casar, Araceli Río Bimbiela y yo hace muchos años.

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